Pelota de papel: 420

Empezó la vorágine del fútbol otra vez, con todo lo que esto implica y desde La Refundación apostamos a para la pelota un poco y compartir un cuento del querido Arquero Bipolar. Acuérdense que esta sección depende de sus aportes, ustedes tienen el poder de hacer que Pelota de papel siga creciendo, mandando sus textos a baldosaredonderil@hotmail.com. Que los textos no mueran en un Word que nadie va a leer, siempre es mejor compartir.  imgo

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Pelota de papel: Hermanos de barro

Como todos los viernes, les dejamos una obra literaria para su deleite. Recuerden que pueden enviar sus textos a baldosaredonderil@hotmail.com para que sean publicados.

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Hermanos de barro

El grupo de niños termina de jugar un partido en el potrero del barrio. Es un barrio pobre, con calles de tierra con las veredas que deben adivinarse sobre todo en las semanas como esta, en que ha llovido tanto.

Donde está el pequeño potrero antaño hubo una cancha grande que ha cedido su lugar las casas que han ido convirtiendo la gran cancha de la zona en un pisadero donde apenas pueden jugar los adolescentes un partido de siete contra siete. Las construcciones son pobres como todo en esta escena. Pronto acabarán con la pequeña canchita, completando la manzana, perdiéndose así para siempre esta gloria pasada del barrio.

Los niños terminaron el partido convertidos en figuras irreconocibles, salvo para sus allegados más cercanos, porque todo ha tomado el color del barro. Los colores de la ropa apenas pueden adivinarse debajo de la patina de tierra más o menos líquida que se le ha pegado. Los calzados presentan una pesada sobre suela de varios centímetros de espesor, con algo un adobe donde pueden adivinarse restos de pasto (que la cancha un conservaba lejos de las áreas) y algún retazo de nylon que se adhirió en la refriega.

El partido ha terminado, ya lo dijimos y es entonces el momento en que el grupo esculturas articuladas de terracota comienza a dispersarse dejando para otro momento los comentarios posteriores, yendo pronto hacia las casas antes de que el barro se seque y requiera más agua y más fricción sobre la curtida piel infantil.

El grupo estalla en varias direcciones, pero nosotros nos vamos detrás de dos que toman el mismo rumbo. Van caminando uno cerca del otro. Llevan la pelota con la que se jugó el partido. Sabemos que es una pelota por el uso que le dan estos niños, porque ni el color ni la forma ni la cobertura de biomasa, responden a lo que se espera de ellas.

Estos dos niños parecen hermanos. Hay ciertos movimientos al caminar que así lo denota, ambos son zurdos, entre otras cosas. La calle, que absorbió mal las lluvias de la semana, tiene dos huellas grandes, de camiones que han pasado y que hoy se ve llena de agua. Uno de los niños, el más alto (si son hermanos es casi seguro que es el mayor) baja la pelota al piso con un gesto de cansancio, se sabe que la pelota embarrada pesa mucho más y el zurdo parece haberla sufrido demasiado durante el picado. La va pateando hacia adelante hasta que ve a su hermano mirándolo como esperando un pase. Baja a la calle (aunque dijimos que el límite ente calle y vereda apenas puede percibirse en estos días donde el barro cubre toda la barriada. Si quiere comunicarse futbolísticamente con su hermano deberá pasar la pelota, pesada y opaca más allá de las huellas llenas de agua que delinean la calle. Lo hace, el otro la recibe con dificultad. Es el menor de los dos, y ahora sabemos que son hermanos, porque se cruzan con una vecina que les dice que “su” madre los andaba buscando (y en ese barrio las señoras tutean a los niños).

El hermano menor con más dificultades que el otro devuelve la pelota que parece quedarse corta y por poco queda entrampada. El salpicón de barro genera un gesto de malestar en el mayor que pronto es motivo de risa pareada cuando se da cuenta que está embarrado de pies a cabeza y el barro del salpicón es apenas una serie de manchitas sobre el barro que se está secando sobre su piel y su ropa.

Estos dos adolescentes parecen comprenderse mejor ahora, porque puede verse claramente que la pelota traza trayectorias más claras, con parábolas que tienen estilo, se aprecian tiros con efecto e incluso en algunos casos alguno de los hermanos la domina sin dejarla tocar el piso para devolverla con elegancia al cómplice del camino.

Aunque parecían volver a su casa en un primer momento, doblan en una esquina tomando otro rumbo (esta calle también es fangosa y se parece a la anterior) pero hay un gesto de ansiedad, de salvajismo que sugiere que ahora parecen alejarse. Un señor le manda por su intermedio, saludos a su papá y les dice que pronto irá a devolverle unas herramientas. Los hermanos casi que lo ignoran porque el gesto entre ellos es ahora un tanto más desafiante. Uno de ellos tiró la pelota al barro que delimitaba los dos bandos y el otro debe acercarse peligrosamente al charco para sacar la pelota. Ayudándose con una rama peina la pelota acercándola y poniéndola al alcance de su mano. Luego la toma, la hace girar lo más rápidamente que puede y vuelve a su sitio en lo que ahora parece una contienda.

Es que ahora estos hombres se tiran la pelota con un gesto agresivo, si no supiéramos que son hermanos, diríamos que quieren hacerse daño. Ya no puede verse claramente quién es el más grande, el tiempo ha igualado bastante las cosas. A causa de esta intensidad creciente, uno de ellos tira un pelotazo que va a parar a lo de un vecino. Uno hace señas al otro para que vaya a pedirla al vecino. El lanzador no acredita su error y se lo adjudica a una falla del receptor y hace un gesto que representa el esfuerzo que el otro no hizo. Se demoran, tontamente en gente grande, adjudicándose errores, recordando otros pasados, incluso jugadas del partido con que comienza esta historia. Finalmente –probablemente escuchando la discusión hasta que se tornó cansadora- el vecino devuelve la pelota desde atrás de su cerca. No dijimos que la mayoría de las casas en este barrio tienen cercas de tejido de alambre con enredaderas descuidadas diluyendo la intimidad del dueño y del peatón. Con la pelota, el vecino mandó las condolencias y un saludo a la familia.

Avanzando en su camino, el paso de estos hermanos es sensiblemente más lento del que viéramos unos párrafos atrás. Cada vez más tiempo se toman estos viejos en patear la pelota. Aunque el barro de antes los acompaña pegado a la piel y la ropa, aprovechan los cambios que el paisaje les ofrece. Toman un rumbo asfaltado, y ahora sí por fin vemos veredas y cordones. Mejor, pensamos, es más seguro para ellos.

Pero estos viejos cabrones, son muy complicados. Sobre la calle, de dos cables que vienen de alguna columna, cuelga una lámpara que arroja una luz tan amarilla como tenue. Podemos ver la silueta de los dos viejos uno junto a otro, como haciendo equilibrio sobre la línea de brea de la calle. Y por los movimientos de las manos y los gestos de los cuerpos, parece que van discutiendo, mientras van pateando suavemente su pelota.

– Bad Mad –

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Hermanos de Barro

Pelota de Papel: Los hombres lloran

El fútbol es capaz de generarnos muchas sensaciones. Nos apasiona. Nos enajena. Nos decepciona. Nos emociona. Nos levanta el ánimo. Nos deja por el piso. A veces, esas emociones que nos transmite la pelota vuelven en forma de inspiración y por medio de un papel. Esta nueva sección está dedicada a esos cuentos que nos salen bien de adentro. Sigue leyendo

Mercadería de Feria‏

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Estos pibes no creían en nada (o por lo menos no se lo notaba tan devotos que digamos) pero si tenían una religión era la del futbol: Lunes, 21Hs, la canchita de siempre. Unos con camiseta clara, los otros con oscura, para no confundir, los equipos armados de antemano, todo perfecto. Asomaba alguna camiseta del ascenso mezclada con uno que otro equipo europeo y la nunca bien ponderada remerita blanca random porque otra clara no tenía.

Y en medio de esa mezcla del deporte más lindo del mundo (el amiguismo) uno que rompe la esctructura, que desentona, que no rompe el molde porque es un molde en sí mismo: Un flaco, vestido de pies a cabeza con el uniforme de la Selección, lo más parecido a los muñequitos esos que todavía venden en los negocitos de boludeces de los shoppings, de los cuales sólo quedan Papa y  el Jonás pre quimio (?). El equipo lo completaba unas muñequeras y unos botines que bien podrían usar los barrenderos para que los vean de noche, de un brillo furioso, impúdico, terriblemente bochornoso.

Eso, de por sí mismo, es romper un código casi autoimpuesto, es tratar de sobresalir en un grupo de pares, es tener un cartel luminoso cargado como estandarte de coparsa que dice “pegame feo y llamame Toranzo”. Pero el tipo fue por más. Si, era de los que se compraban un CD del Teto Medina y lo escuchaba con auriculares, le cabían las cosas extremas(?): El flaco no fue sólo, sino que llevó a la novia.

El grupo de Neanderthales con el que comparto canchita y morfi después del doparti miraba la escena y no podía dar crédito de lo que estaba mirando: De un lado del alambrado, los flacos en la cancha peloteando o pelotudeando valga la redundancia, tirando chanzas. Del otro, el Kun Aguero de outlet con su princesita de saldo. Si no fuera porque saludaba a todos los que llegaban, uno podía pensar que el flaco no jugaba ahí, que había terminado de patear en la cancha de al lado y estaba destilando arrumacos, pero no, el flaco estaba por entrar a jugar y, en vez de compartir esa previa en comunión, estaba ahí, con la chica Koleston rubio claro claro ceniza.

El pibe entró segundos antes de que arranque el partido, no sin antes darle un besito a su fan (?), el resto de los jugadores ni siquiera lo gastaron, ni hicieron un grito aputasado como para recriminarlo, entró a jugar y el resto siguió en la suya. Creo que eso era el pico de la tristeza de la situación, dado que la falta de un chiste que sirviera de aviso daba a las claras la resignación del grupo respecto a la pérdida del muchacho que estaba ahí, con sus botincitos brillantes, pero que pese a eso no era parte de esa comunión.

Hojeamos algo del partido y sinceramente decir que el flaco era intrascendente es darle transcendencia, apenas si la tocó un par de veces, si esbozó algo parecido a una gambeta. La princesita no paró de mirar su celular, seguramente twitteando “En la #cancha viendo a #mikun jugando al futbol. #teamo!”, dudamos que entendiera siquiera qué carajo estaba haciendo su novio adentro de la cancha, apenas si entendía qué mierda estaba haciendo ella del lado de afuera.

En la mesa se reflexionó entre empanada y empanada sobre la situación (que a la postre era más entretenida que el partido que estaban jugando, del nuestro ya se había debatido) y no nos entraba en la cabeza cómo el pibe había logrado concatenar, en un sólo tiempo y espacio, tanta rotura de códigos. El Yeti, hombre sabio si los hay, tiró la sentencia: “Es un pelotudo”. La mesa no pudo más que asentir en unanimidad.

Pero en el fondo, ahí donde uno guarda los casettes de Cristian Castro (?), uno sentía algo de pena, porque este pobre cristiano quizá pensaba que obraba bien, que llevar a la novia ahí era “compartir tiempo juntos”, que así quedaba bien con todo el mundo, pero la verdad es que la mina se embolaba y los muchachos no se sienten a gusto cuando cae un ser de otra especie en su espacio personal. Todo tiene su momento y lugar, es como caer en un telo con la mina y con la monada para que te haga el aguante.

Le habrá faltado un amigo de verdad que lo ubique? Será tan terco que no puede ver más allá del pubis de su novia? Tendrá una negación total de la realidad? No lo sé, el tema es que me fui de la cancha con la idea de que ese flaco representaba todo lo que NO debía hacerse en un espacio sagrado como es el fulbito con los pibes, por eso me terminó dando eso que el Dié dice que no se le tiene a nadie.

Eso sí, si hacía un gol y tiraba corazoncito, de cajón, que terminaba internado. Fija.

 – Arquero Bipolar –